Al tacto, la descomposición tiende a una liquidez que al fin y al cabo anhela al agua; por ese lado, toda inutilidad se esfuerza por su mejoría. El sonido de los desperdicios no es agudo, aunque tampoco podría precisarse intensidad, tono, timbre o duración; el cuerpo siempre manifiesta sus funciones tanto como un camión de basura truena como metal. El olor de los desechos alerta un peligro, sin embargo un queso rancio impone su estatus de madurez; el aroma de la inmundicia no es del todo repelente. El sabor está adscrito al aroma y en ese sentido se adhiere a su prevención, pero la textura y otras cualidades no se inscriben a la esencia del residuo. Lo visto le da prestigio y validez al sedimento de la suciedad. Por último la imaginación culmina el proceso: comemos mierda.
Recoger y evacuar los excrementos tiene sus aristas. La idea por si sola abarca un sinnúmero de enunciados que mal o bien, no siempre son higiénicos ni mundanos. En lo material, juntar la basura aumenta los riesgos y disminuye la pulcritud. Botar la basura desinfecta y posibilita renovar. El imaginario se nutre de las versiones más sofisticadas para reforzar el juicio, por lo tanto acumulamos recetas de felicidad y bienestar. Asumimos los avances como sinónimo de perfección mientras olvidamos aquella cursilería de la historia de la ciencia: amor y odio. Hay una intimidad fundamental en el inodoro que merece nuestra atención, cuestiones de salubridad. La sanidad es materia de procedimiento y filigrana. La salud es una interrogación.